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Los psicólogos señalan que los niños perciben la entonación y las señales emocionales mucho antes de empezar a entender las palabras
Elegir un nombre para un hijo es uno de los momentos más íntimos y simbólicos de la vida de una familia. Puede ser un homenaje, una muestra de gratitud o el comienzo de una nueva historia familiar. Pero ¿qué ocurre cuando esa elección se convierte en fuente de conflictos ocultos y presiones emocionales por parte de los seres queridos? Ésa es exactamente la situación que The Washington Post abordó recientemente en su columna de consejos, destacando un problema que muchas familias conocen bien: la agresión pasiva disfrazada de «bromas», «recuerdos» o «animadversión personal».
A primera vista, la aversión a los nombres de los nietos puede parecer una reacción subjetiva inofensiva, pero las asociaciones negativas habituales, las historias recurrentes del pasado y el tono burlón ya no tienen nada que ver con el gusto. Se trata de un comportamiento que tiene un propósito y consecuencias.
Los psicólogos señalan que los niños perciben la entonación y las señales emocionales mucho antes de entender las palabras. Aunque el niño aún no se dé cuenta del significado de lo que se dice, la atmósfera de desvalorización queda fijada a nivel corporal y emocional.
La agresión encubierta como forma de control
En estos conflictos familiares, a menudo no se trata de un niño, ni siquiera de un nombre. Se trata de poder y límites. Cuando un pariente mayor se permite mostrar su desdén por la elección de los padres, especialmente de forma selectiva, en presencia de una sola de las partes, puede tratarse de una forma de agresión pasiva.
- Si el comportamiento cambia dependiendo de quién esté presente, es consciente;
- si los comentarios sólo cesan tras una conversación directa, ignorar no funciona;
- si uno de los padres se siente incómodo, pero el otro se ofrece a «aguantarlo», el problema se agrava.
Por qué «ignorarlo» no es la solución
La idea de ignorar suele parecer pacificadora, pero en realidad traslada la responsabilidad al ofendido. Los agravios no expresados se acumulan en la familia, y la agresión pasiva tiende a intensificarse en lugar de desaparecer.
Además, cuando uno de los miembros de la pareja minimiza el problema, puede percibirse como una falta de apoyo. Y en cuestiones relacionadas con los hijos, la unidad de los padres es fundamental.
Frontera saludable
El amor por los nietos no exime de la responsabilidad por las propias palabras y entonaciones. El parentesco no da indulgencia para la devaluación o el ridículo, incluso velado. En situaciones como ésta, uno debe:
- delimitar claramente el comportamiento inaceptable en lugar de discutir los motivos;
- hablar de consecuencias en lugar de amenazas;
- actuar como un equipo de padres unido;
- recuerda que proteger el espacio emocional de un niño no es un ultimátum, sino una responsabilidad.
Cambiar las normas familiares no significa destruir las relaciones. A menudo es la única forma de sanearlas. Negarse a soportar la agresión pasiva no es conflicto, sino madurez. El nombre del niño es sólo una excusa. La verdadera cuestión es siempre más profunda: si los padres tienen derecho a que se respeten sus decisiones. En una familia sana, la respuesta siempre es sí.
